VI
EL
MECENAZGO
Mecenas, según Cayo Cilnio, era amigo del
emperador romano Augusto y protector de los poetas Horacio y Virgilio. Su nombre ha pasado a ser sinónimo de
protector de las artes.
Nadie duda de la necesidad del mecenazgo,
sin el cual muchos artistas no hubieran podido subsistir y hoy no tendríamos la
posibilidad de admirar sus obras.
¿Quienes eran los mecenas en el pasado,
concretamente, en el esplendor del renacimiento? Sabemos que eran príncipes
poderosos, reyes, banqueros y algún que otro particular llegado a la opulencia.
Pero todos, eran conocedores que nos sólo sabían de arte, sino que además eran,
al mismo tiempo, excelentes pintores, poetas o músicos. No deberíamos olvidar
también lo que ha sido el gran patrocinio de la iglesia católica. A ella se
debe, sin duda, el haber alcanzado las más altas cumbres en la arquitectura, la
escultura, la pintura y la música.
¿Quiénes ejercen hoy de mecenas?
Podríamos citar algunos ya de antigua
tradición, por ejemplo: el coleccionista. Pero hoy éste, a diferencia del
renacimiento, lo que busca generalmente es hacer una buena inversión aconsejado
por un galerista. Es verdad que también hay quien tiene a gala coleccionar las
cosas más estrambóticas sin pretensiones crematísticas y sólo para presumir de
una gran ‘colección’.
Lo que observamos de los protectores
actuales, como principal diferencia respecto de los del pasado, es la falta de
aquel conocimiento, de aquella sensibilidad. Nadie se imagina un coleccionista
de hoy extasiándose largas horas ante unos hierros retorcidos o un montón de
basura convertidos en ‘obras de arte’. Es verdad que algunos son verdaderos
expertos en arte contemporáneo, como lo son también en su especialidad los
coleccionistas de vitolas de puros o de cajas de cerillas.
No digamos nada del galerista, quizás el
más representativo de los mecenas de hoy, al cual sólo le interesa su negocio e
incrementar las ventas. Para este fin, lo primero es hacer una firma.
Recordemos que un cuadro sin firma no vale nada. Otra cosa que buscan, para
hacer más rentable el negocio, es la rapidez en la confección de las obras. No
les interesan artistas lentos, concienzudos y reflexivos. Se busca una fórmula
más o menos original, no siempre a inspiración del artista, el cual es
aconsejado por la galería, que luego se repite en serie como si se tratara de
una fábrica. No les faltarán consumidores previamente adoctrinados y
manipulados para estos productos, perfectamente presentados y empaquetados con
el celofán de la cultura. Todo esto nos parece muy bien, pero, ¡por favor! no
ennoblezcamos estos objetos llamándolos obras de arte.
¿Cuál es el criterio dominante en la
decoración de una sala de juntas de un gran banco? Por supuesto se intenta
buscar lo mejor. Si se trata de pintura, se solicita el consejo de un experto.
Este experto suele ser un galerista, el cual, como buen comerciante lo que de
verdad persigue es vender. No deja de ser desconcertante todo los relacionado
con los galeristas y de cómo han sido elevados a la categoría de árbitros
indiscutidos de lo que debe ser considerado arte. Nadie los cuestiona y todos,
como borregos, seguimos sus directrices. El grado de papanatismo a que hemos
llegado causa asombro y es universal.
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II. El rey desnudo
III. Las causas
IV. Los creadores
V. La crítica
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VIII. El Estado