V
LA CRÍTICA
¿Le dedican tantísima literatura porque es
un genio,
o es
un genio porque le dedican
tantísima
literatura?
La responsabilidad, la importancia y el poder
que tienen los críticos en la cuestión que nos ocupa está fuera de toda duda. Para
los que no tienen personalidad ni criterio propio en materias artísticas, que
es la mayoría, su palabra va a misa. Nadie se atreve a contradecirles. De ellos
depende, en gran medida, el surgimiento de nuevos prestigios y de ellos
depende, en colaboración con los galeristas, la imposición de los nuevos
productos. En realidad se trata de una auténtica e inteligente organización de marketing.
Este tinglado económico es tan poderoso que
está por encima de todo razonamiento. Aunque somos muchos los que lo denuncian,
nuestra voz es la voz del que clama en el desierto. Ellos están apoyados por la
muchedumbre de papanatas que acuden a esas exposiciones deslumbrados por el precio
que se paga, por la estupidez de los compradores y por la codicia de los
coleccionistas que no buscan más que hacer buenas inversiones.
¿Quiénes son los críticos?
No nos gustaría englobar a todos pero
podríamos asegurar que en su mayoría son escritores frustrados. Algunos
confiesan que les hubiera gustado ser artistas pintores o músicos. Es raro,
pero posible, de vez en cuando, encontrar a alguno con sensibilidad.
Los críticos son un elemento más de los
medios de comunicación. Los responsables de estos medios los seleccionan,
generalmente al azar, entre un grupo de periodistas previamente adoctrinados
por los teóricos. Suelen estar llenos de resentimiento. Pero lo más lamentable
es su propensión al soborno. El regalo, bien de los galeristas o de los propios
expositores, es algo normal y admitido, salvo honrosas excepciones.
Cuando a alguno de los grandes escritores
se le ocurre hacer en uno de sus escritos una alusión a determinado artista
contemporáneo, indirectamente, está ejerciendo una labor de crítico. Por
supuesto, casi siempre vendrá a resultar una apología de ese artista. A esto, y
ya con una biografía del mismo, se suelen sumar otros escritores, que con sus apologías
no quieren ser menos. Al final el biografiado acaba convirtiéndose en una
institución o un mito.
A partir de aquí ya nada importa que los
apologistas, llenos de prejuicios y adoctrinados con los tópicos de los
teóricos, de los que anteriormente hemos hecho alusión, sepan o no algo de
arte. El prestigio universal del biografiado se incrementará como una bola de
nieve y ya nadie se atreverá a discutirlo.
Decía Paul Valéry ya en 1938 que ‘la literatura se ha vuelto ama y señora
todopoderosa…. El valor o la estimación
que se concede a una obra pictórica en un momento dado dependen del talento del
escritor que la ensalce o la hunda. No hay cosa amorfa, memez de colorido o
anamorfosis arbitraria que no pueda imponerse (…) por vía descriptiva o
explicativa’
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II. El rey desnudo
III. Las causas
IV. Los creadores
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VII. La Iglesia
VIII. El Estado