VII  EL MECENAZGO

Mecenas, según Cayo Cilnio, era amigo del emperador romano Augusto y protector de los poetas Horacio y Virgilio.  Su nombre ha
pasado a ser sinónimo de protector de las artes.

Nadie duda de la necesidad del mecenazgo, sin el cual muchos artistas no hubieran podido subsistir y hoy no tendríamos la posibilidad
de admirar sus obras.

¿Quienes eran los mecenas en el pasado, concretamente, en el esplendor del Renacimiento? Sabemos que eran príncipes poderosos,
reyes, banqueros y algún que otro particular llegado a la opulencia. Pero todos eran conocedores que nos sólo sabían de arte, sino que
además eran, al mismo tiempo, excelentes pintores, poetas o músicos. No deberíamos olvidar también lo que ha sido el gran patrocinio
de la iglesia católica. A ella se debe, sin duda, el haber alcanzado las más altas cumbres en la arquitectura, la escultura, la pintura y la
música.

¿Quiénes ejercen hoy de mecenas?

Podríamos citar algunos ya de antigua tradición, por ejemplo: el coleccionista. Pero hoy éste, a diferencia del renacimiento, lo que busca
generalmente es hacer una buena inversión aconsejado por un galerista. Es verdad que también hay quien tiene a gala coleccionar las
cosas más estrambóticas sin pretensiones crematísticas y sólo para presumir de una gran ‘colección’.

Lo que observamos de los protectores actuales, como principal diferencia respecto de los del pasado, es la falta de aquel conocimiento, de
aquella sensibilidad. Nadie se imagina un coleccionista de hoy extasiándose largas horas ante unos hierros retorcidos o un montón de
basura convertidos en ‘obras de arte’. Es verdad que algunos son verdaderos expertos en arte contemporáneo, como lo son también en
su especialidad los coleccionistas de vitolas de puros o de cajas de cerillas.

No digamos nada del galerista, quizás el más representativo de los mecenas de hoy, al cual sólo le interesa su negocio e incrementar las
ventas. Para este fin, lo primero es hacer una firma. Recordemos que un cuadro sin firma no vale nada. Otra cosa que buscan, para
hacer más rentable el negocio, es la rapidez en la confección de las obras. No les interesan artistas lentos, concienzudos y reflexivos. Se
busca una fórmula más o menos original, no siempre a inspiración del artista, el cual es aconsejado por la galería, que luego se repite en
serie como si se tratara de una fábrica. No les faltarán consumidores previamente adoctrinados y manipulados para estos productos,
perfectamente presentados y empaquetados con el celofán de la cultura. Todo esto nos parece muy bien, pero, ¡por favor! no
ennoblezcamos estos objetos llamándolos obras de arte.

¿Cuál es el criterio dominante en la decoración de una sala de juntas de un gran banco? Por supuesto se intenta buscar lo mejor. Si se
trata de pintura, se solicita el consejo de un experto. Este experto suele ser un galerista, el cual, como buen comerciante lo que de verdad
persigue es vender. No deja de ser desconcertante todo los relacionado con los galeristas y de cómo han sido elevados a la categoría de
árbitros indiscutidos de lo que debe ser considerado arte. Nadie los cuestiona y todos, como borregos, seguimos sus directrices. El grado
de papanatismo a que hemos llegado causa asombro y es universal.